lunes, 19 de noviembre de 2012

Las lecciones de Serrano Suñer



Por RICARDO GARCÍA CÁRCEL. Catedrático de Historia Moderna. Universidad
Autónoma de Barcelona [ABC 02/09/2003]
DE Ramón Serrano Súñer, escribió Petain, según cuenta Preston, que «junto al Don Quijote de su cuñado, el generalísimo suele parecer Sancho Panza». El contraste con Franco lo subrayó también Sir Samuel Hoare que definió a Franco como «lento de mente y movimientos» y a Serrano Súñer «rápido como un cuchillo en palabras y hechos». Ciertamente, fueron personajes muy distintos Franco y Serrano Súñer a los que unió, de entrada, una circunstancia fortuita.
En 1929 ambos se conocieron cuando Franco era director de la Academia Militar y Serrano un brillante jurista que estaba trabajando en Zaragoza como abogado del Estado, cuyas oposiciones había ganado en 1924.
En Zaragoza, Serrano conoció a Zita, la hermosa hermana pequeña de Carmen, la esposa de Franco, y en febrero de 1931, Serrano se casaba en Oviedo con la cuñada de Franco, que entonces sólo tenía 19 años. Serrano se convirtió, desde entonces, en «el cuñadísimo», el hombre que jugaría el papel decisivo en la institucionalización del Estado franquista, desde su papel de puente entre el Ejército del 18 de julio y la Falange joseantoniana.
Su vida de 1936 a 1942 fue frenética como convulsos fueron aquellos años. Apresado en
julio de 1936 en la Cárcel Modelo de Madrid, logró evadirse y en marzo de 1937 se unió a las fuerzas sublevadas. Ministro del Interior en el Gobierno de Burgos, en agosto de 1939 fue nombrado presidente de la Junta Política de FET y de las JONS, cargo que simultaneó con los de ministro y consejero de Falange. Su momento álgido fue, sin duda, en tanto que ministro de Exteriores, la preparación y la asistencia a la entrevista de Franco con Hitleren Hendaya, así como su propia entrevista con Mussolini.
De la casi mítica entrevista de Hendaya Franco-Hitler, los historiadores, actualmente, dejan muy claro que no hubo diferencias entre la ideología del germanófilo Serrano y la estrategia de Franco y desde luego, tampoco es creíble el esfuerzo de los apologistas del régimen franquista en glosar la paciencia de los negociadores españoles frente a la impaciencia germánica.
No hubo ninguna habilidosa voluntad inhibicionista por parte del franquismo a la hora de no intervenir directamente en la guerra. Fue, más bien, el escepticismo alemán ante las capacidades militares españolas, y desde luego, las reticencias hacia las ambiciones imperialistas desbocadas de Franco y Serrano, lo que determinó la no entrada de España en la guerra mundial y la puramente simbólica iniciativa de la División Azul. Hitler, según Preston, siempre manifestó indignación por las deudas impagadas de Franco durante la guerra civil y desde luego Mussolini demostró con creces que no era el amigo desinteresado que Franco y Serrano creían.
Hoy sabemos que aquel miércoles 23 de octubre de 1940 Franco llegó a la estación de  Hendaya poco después de las tres de la tarde con ocho minutos de retraso, desde luego, contra su voluntad, no la hora larga que dijeron los alemanes haber sufrido de espera.
Hubo seis personas presentes en la entrevista: Hitler, Franco, Ribbentrop, Serrano y los dos intérpretes, Gross y el barón de las Torres.
La reunión comenzó a las tres y media y acabó a las seis y cinco de la tarde con un Hitlerirritado por el mal gusto de Franco al albergar dudas sobre la victoria alemana ante Inglaterra.
La entrevista fue un fracaso absoluto y la irritación final germana sólo puede ser comparable a la frustración española.
El protocolo que redactaron Serrano y Ribbentrop, a la postre, fue inútil. En cualquier caso, sean cualesquiera las razones de aquel fracaso, nunca la historia ha podido estar tan agradecida, con un final de la entrevista como aquél, lo que el inteligente Serrano Súñer subrayó más de una vez.
En 1942 Serrano fue sustituido en el Gobierno tras los incidentes entre falangistas y carlistas en el santuario de Begoña.
Tras su retirada de la política activa, ejerció un papel discreto e inteligentemente distante del franquismo, que se fue radicalizando desde su Entre Hendaya y Gibraltar (1947) a sus Memorias (1977).

De Serrano Súñer, de sus increíbles 102 años de vida nos quedarán tres lecciones.

Una, la corta vida de los apagafuegos de los dictadores. La cremación de Serrano en el altar de la fidelidad al primer Franco fue impresionante. Su tributo de lealtad al cuñado fue incuestionable. Su «dedicación fanática y ascética» (Preston) a la causa de Franco absoluta.
Franco le hizo durante la guerra civil domesticar a la Falange.
Después de la guerra Serrano Súñer tuvo que cargar con el peso de la lucha interna del poder entre el Ejército y la Falange.
Pararrayos indiscutible del régimen en su momento político más difícil,
Franco le utilizó como a tantos otros al servicio de su objetivo: su continuidad en el poder.

La segunda lección es la propia necesidad que todo régimen tiene, por pragmático que sea, de discurso ideológico legitimador. Serrano fue la ideología del régimen en su etapa «azul».
Albacea testamentario del fundador de la Falange y uno de los líderes de la CEDA durante la República, él puso la inteligencia para construir lo que se llamó el Estado Nacional-Sindicalista, con todas las limitaciones de las que tuvo que partir de entrada la construcción de la dictadura.

La tercera lecciónviene derivada de la fragilidad y de la soledad del propio poder, sobre todo, en años tan recios como los que le tocó vivir, a Serrano, en su momento dorado, muy pocos le quisieron.
Ni los militares que nunca se fiaron de él.
Ni los monárquicos que consideraron que su Estado era el mayor impedimento para
la restauración.
Ni los falangistas «camisas viejas» -pese a que salvó a algunos como Hedilla de la pena de muerte- por considerar que había desvirtuado el proyecto de la Falange auténtica.
Ni los alemanes porque lo consideraban «demasiado intrigante y vaticanista como para ser amigo fiel de Alemania».
Ni, por supuesto, los británicos y los franceses a los que él mismo no tenía ninguna simpatía.
Ni, por último, Franco que recurrió al anglófilo Jordana cuando consideró que la germanofilia ya no era políticamente útil.

Como dijo Von Sthorer, Serrano fue el hombre más poderoso del país pero también el más odiado. La venganza a su fugacidad política y a su forzado ostracismo, por su parte, ha venido de su portentosa biología.
Al final, Serrano ha sobrevivido a todos sus enemigos. De todos, ha podido entonar su
particular réquiem. Descanse, ahora, ya, en paz.

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