jueves, 22 de noviembre de 2012

Los silencios de la izquierda



LA violencia desatada tras las manifestaciones de protesta en Madrid y Barcelona, el pasado miércoles, debería motivar en la izquierda política y sindical una reflexión urgente sobre los límites de su discurso de oposición al Gobierno.
Ya se sabe, y es un tópico, que gran parte de los actos más violentos cometidos en ambas capitales en la noche del miércoles son atribuibles a grupos de radicales de izquierda que no formaban parte de las organizaciones convocantes de la huelga general y de las posteriores concentraciones. Pero sí se produjeron actos de coacción, amenaza y fuerza por parte de piquetes, perfectamente identificados, contra personas y locales comerciales.
En definitiva, la jornada de paro volvió a compaginar expresiones pacíficas de protesta y comportamientos delictivos que quedan, por lo general, impunes.

  Tampoco es posible elogiar un deseable distanciamiento de los principales sindicatos respecto a estos actos violentos, porque no lo han expresado. Es más, el secretario general de Comisiones Obreras deslizó la insidia de que podían estar provocados por policías infiltrados.
El discurso del PSOE tampoco se afana en deslegitimar esta violencia izquierdista que sistemáticamente se produce en las convocatorias contra el Gobierno de Mariano Rajoy.
No basta con no inducirla. Es imprescindible una condena sin paliativos, explícita, de esa violencia, para cualquiera de sus vertientes, sea la de los piquetes sindicales, sea la de grupos antisistema.
Ante la violencia, el que calla otorga; incluso el que calla a medias, porque, mientras los violentos siquiera puedan sospechar que su vandalismo tiene un ápice de justificación en la opinión de una parte de la clase política, se considerarán justificados en su violencia. El compromiso con la democracia, el Estado de Derecho y las libertades públicas no se sobrentiende en estos casos. Hay que reafirmarlo para dejar claro en qué lado está cada cual.

Stanley Payne: a los nacionalismos catalán y vasco “no les interesa nada más que la independencia”.





Estamos en lo de siempre: las intenciones de los nacionalistas están clarísimas. Lo que no está claro es la intención o la voluntad del gobierno. Por ahora va a hacer el juego a los secesionismos y al terrorismo. Si se da cuenta de que por ese camino va a romper la convivencia democrática en España, puede que rectifique. Si no... Esto puede acabar en la balcanización o la libanización del país.



Ha investigado y analizado los orígenes de la Guerra Civil.
En su ensayo, explica que durante los últimos años de la Segunda República hubo un deterioro de la vida política, aunque considera que la Guerra Civil no era inevitable. El historiador considera que sin el asesinato de Calvo Sotelo la rebelión no habría sido tan fuerte.

El profesor explica que “España ha creado un modelo de transición pacífica” que la presenta como una de las más idóneas, ya que “esto no había funcionado en casi ningún país”, pero alerta que en este momento “hay un resurgimiento del pensamiento de izquierda que está planteando una especie de segunda transición” y considera esta tendencia como “peligrosa y destructiva”.

Payne dice que “el desarrollo de los nacionalismos de los últimos años es un intento claro de destruir la estructura y el modelo de Estado de España”, y explica que lo que buscan no es la autonomía sino la independencia, y que no se conformarán con menos.
La culpa de todo, para el historiador, la tiene “el Gobierno de Zapatero” que “tiene una dirección que es débil y confusa.
Está tratando de proyectar una imagen de presidente sereno, que parece no estar asustado, lo que aún se desconoce es cuáles son los principios que hay detrás de eso”.
Para Stanley Payne, “este es un Gobierno no preparado, que en apenas diez meses ha tropezado en muchas cuestiones. es con mucho el peor gobierno de la democracia”.

Respecto a la presión que el tripartito catalán ejerce sobre Zapatero, el historiador explica que "lo que se ha hecho en Cataluña es una recomposición del Frente Popular, que fue un arreglo político nefasto, destructivo para España. La Esquerra se ha comprometido a dar su apoyo este año al Gobierno en un pacto para la estabilidad, pero la situación para Zapatero es preocupante, pues nadie sabe si ese apoyo se mantendrá y a qué precio, lo que siempre generará inestabilidad. E ir por delante con una sonrisa fácil y artificial no ayuda para nada".

El franquismo hizo con el catalán aproximadamente lo mismo que los nacionalistas están haciendo ahora con el castellano, en la medida de sus fuerzas: excluirlo de la vida pública. Por lo demás, la cultura catalana, en catalán y en castellano, fue muy importante bajo el franquismo.
Asistimos a una nueva alianza de socialistas y separatistas, y a la decisión de ambos de romper las reglas del juego. En cambio, la violencia es ahora menor, y la democracia más fuerte, a pesar de todo. Si somos conscientes del peligro y nos movilizamos, no creo que la cosa llegue tan lejos

En cuanto a la sociedad vasca, después de muchos años de lavado de cerebro sin apenas respuesta, está muy dividida. Como ha dicho alguien, el PNV ha quitado a la mitad de los vascos la libertad y a la otra mitad la dignidad. Recuerde el caso nazi.

¿Cómo fue posible que en Vascongadas triunfase el discurso de Sabino Arana, antiespañol y xenófobo, y no el de Unamuno, españolista?.
Por la quiebra moral que supuso la crisis del 98 en toda España, por la insuficiente respuesta en el plano ideológico y porque el nacionalismo regeneracionista español, al parecerse al vasco y al catalán en la medida en que renegaba de la historia anterior de España, se quedaba sin argumentos claros ante el separatismo. Hay que contar además la influencia de gran parte del clero vasco, que adoptó las tesis de Arana y pesaba mucho.

¿Qué cosas pudo hacer Alcalá-Zamora (para mi uno de los máximos culpables de la guerra civil) y no hizo para evitar la confrontación?
La conducta del PSOE tiene algo de propia de estado policial, es una tendencia muy fuerte en ese partido. Alcalá-Zamora tuvo gran responsabilidad en la guerra por su afán de complacer a las izquierdas y, sobre todo, por haber hecho lo que la izquierda no había logrado con su insurrección de 1934: echar a la CEDA del poder a que tenía derecho democráticamente. Con ello abrió el camino a la revolución. Cosas de cierta derecha que quiere pasar por progresista.

¿Cree usted que la guerra civil se hubiera evitado si el gobierno del Partido Radical se hubiera consolidado a través de una serie de reformas sociales hechas poco a poco pero sin pausa?
 El Partido Radical no tenía fuerza suficiente para llevar adelante reformas, ni tenía muy claro qué reformas realizar. En alianza con la CEDA sí pudo haber estabilizado el país y evitado la guerra civil, pero eso lo impidió Alcalá-Zamora.

¿Qué peso cree usted que tuvo la masonería en los acontecimientos que usted describe en su libro? ¿Y en el devenir de nuestro país? La masonería ha tenido un gran peso en España, a través de su acción en los partidos republicanos, pero también en el socialista y en la misma CNT. También a través de sus conexiones internacionales. La gran (y falaz) campaña sobre las supuestas atrocidades de la derecha en Asturias en 1934, que envenenó definitivamente el clima social del país, fue orquestada en gran medida por la masonería dentro y fuera de España, como explica su organizador, Vidarte.

¿Cuál es la patochada más grande que ha oído usted a favor del nacionalismo catalán? ¿Y cuál es la patochada más grande que ha oído en contra del nacionalismo catalán?  Una de las más grandes es que la guerra civil fue una guerra "contra Cataluña". En contra del nacionalismo catalán no recuerdo ahora mismo ninguna, pero se han dicho bastantes, desde luego, fruto en gran medida del desconocimiento

 ¿Companys estaba mas cerca de ser un héroe o fue un traidor corrupto?. Companys fue uno de los principales responsables de la guerra civil. Al ganar las elecciones democráticamente la derecha en 1933, se declaró en pie de guerra... y lo demás fue consecuencia de ello. Además presidió la época de mayores crímenes de la Cataluña contemporánea. Volviendo a las patochadas, una de las mayores es que el nacionalismo catalán ha sido un factor de modernización en España. Nada más lejos de la verdad.

¿Por qué hablan de persecución del catalán por las tropas franquistas, si yo tengo una orden que se cursó a los oficiales (mi abuelo entró en cataluña, era oficial) en la que se ordenaba respetar el idioma y costumbres de los catalanes para hacerles más cómodo que volvieran a sentirse españoles?
La gran mayoría de los catalanes se sentía española. La Falange editó al terminar la guerra muchos folletos en catalán, pero el mando militar impidió su difusión y se impuso el castellano de forma abusiva. La razón era que el catalán había sido utilizado de forma tan machacona por los nacionalistas para procurar la separación entre los catalanes y el resto de los españoles, que, de forma arbitraria, se arremetió contra el propio idioma. Lo que ahora intentan los nacionalismos con el castellano.

¿Cree que la actitud del gobierno actual, orientado claramente hacia la extrema izquierda, actúa de la disparatada forma en que lo hace de una manera intencionada, respondiendo a un plan preestablecido? ¿Los españoles sabremos responder con madurez a tamaña desfachatez?.
Creo que el gobierno actual tiene una idea negativa de España, como ha dicho Julián Marías de los socialistas, y que comparte la base de las ideas con que se justifican los terroristas y los secesionistas: son la "injusticias" de las democracias las que causan la pobreza y la violencia. De esa forma tiende a identificarse con ellos, a costa de la democracia. Espero, deseo y llamo a todos los que sean conscientes del peligro a responder con energía y madurez. Aún estamos a tiempo

 ¿Cómo valora el papel actual de la Corona?¿Cree usted que se atreverán a tomar decisiones transcendentales si la situación se agrava?
La Corona ha jugado un papel importante, en general, aunque parece un poco presa de las presiones de la izquierda. En todo caso es la sociedad, ante todo, la que debe dar la respuesta. El rey no puede sustituir la pasividad de los españoles si los españoles permanecen pasivos.
El punto critico de esta legislatura será la aprobación del estatuto catalán. El PSC asumió en su programa la reforma para deteriorar al PP, ahora que pasará si sus demandas son inasumibles. 

¿Se romperá el PSOE, se romperá el tripartito porque el PSC , ya no quiere llegar tan lejos ?¿Se romperá España? ¿Se romperá el PP catalán ? ¿ o no se romperá nada?
Estamos en lo de siempre: las intenciones de los nacionalistas están clarísimas. Lo que no está claro es la intención o la voluntad del gobierno. Por ahora va a hacer el juego a los secesionismos y al terrorismo. Si se da cuenta de que por ese camino va a romper la convivencia democrática en España, puede que rectifique. Si no... Esto puede acabar en la balcanización o la libanización del país.

Si se refiere a lo de "recuperar la memoria histórica", es un completo fraude. El título adecuado sería "recuperando el rencor y la propaganda".
El historial de manipulación en el PSOE es espectacular desde siempre. En el pasado ello podía achacarse a su ideario marxista, y podría esperarse que al haber abandonado el marxismo sus tendencias totalitarias desapareciesen. Pero no han desaparecido.

La Constitución va a haber que reformarla al final, y en el sentido de clarificar ambigüedades de la actual y de restringir el grado de autonomía en muchos casos. Por ejemplo, no puede consentirse que los nacionalistas hagan de la enseñanza un aparato de propaganda propio pagado por todos. Por poner un caso obvio. Si los nacionalistas quieren abrir el melón de la reforma, creo que habrá que plantear reformas en sentido contrario al suyo, pues en Vascongadas y en Cataluña la democracia está en crisis, sobre todo en las primeras, y eso no puede continuar y ampliarse todavía
Si el Frente Popular hubiese ganado, se habría instaurado una dictadura socialista en España; aunque creo que hubiese durado poco ya que los nazis probablemente hubiesen entrado en la Península después.

¿Cómo cree que se hubiesen desarrollado los hechos después? ¿Una traslación del conflicto entre nazis y comunistas en España y una sangrienta guerra en una España exhausta?
Si hubiera ganado el Frente Popular con toda probabilidad hubiera seguido una nueva guerra civil entre las izquierdas. De hecho algo así sucedió dos veces en plena guerra y pese a tener el enemigo enfrente. Si España hubiera sido invadida por los nazis, y éstos hubieran cortado el estrecho de Gibraltar, la posición de Inglaterra se habría vuelto casi desesperada, y la guerra podría haber dado un giro imposible de calcular, incluyendo un armisticio entre Londres y Berlín. Pero son puras especulaciones. En todo caso a las democracias les vino extraordinariamente bien que Franco ganara.

Con Redondo Terreros el PSOE estaba en la buena línea. Pero le pasó como a Besteiro que fue marginado, haciendo inevitable la guerra civil. Tengo el deseo, pero apenas la esperanza, de que el PSOE rectifique. Creo que atendiendo a la historia de este partido, ha sido una tremenda plaga para España durante todo el siglo XX y si llegara una crisis y desapareciese como fuerza importante no se perdería nada
 
EL CHOLLO IDEOLÓGICO DE LA IZQUIERDA
¿Por qué la mortandad desatada por el nazismo ocupa un capítulo medular en el libro de la memoria colectiva, mientras la mortandad promovida por el comunismo -mucho más abultada, por cierto- apenas representa una nota a pie de página? ¿Hemos de entender que la consideración que nos merecen las matanzas debe ser distinta, según el signo de la ideología que las aliente?

Reparemos, por ejemplo, en la muy diversa consideración que inspiran dos personajes contemporáneos en las postrimerías de su existencia, Pinochet y Castro. Ambos instauraron en sus respectivos países dictaduras repugnantes, crudelísimas, cimentadas con una argamasa de sangre.

lunes, 19 de noviembre de 2012

Las lecciones de Serrano Suñer



Por RICARDO GARCÍA CÁRCEL. Catedrático de Historia Moderna. Universidad
Autónoma de Barcelona [ABC 02/09/2003]
DE Ramón Serrano Súñer, escribió Petain, según cuenta Preston, que «junto al Don Quijote de su cuñado, el generalísimo suele parecer Sancho Panza». El contraste con Franco lo subrayó también Sir Samuel Hoare que definió a Franco como «lento de mente y movimientos» y a Serrano Súñer «rápido como un cuchillo en palabras y hechos». Ciertamente, fueron personajes muy distintos Franco y Serrano Súñer a los que unió, de entrada, una circunstancia fortuita.
En 1929 ambos se conocieron cuando Franco era director de la Academia Militar y Serrano un brillante jurista que estaba trabajando en Zaragoza como abogado del Estado, cuyas oposiciones había ganado en 1924.
En Zaragoza, Serrano conoció a Zita, la hermosa hermana pequeña de Carmen, la esposa de Franco, y en febrero de 1931, Serrano se casaba en Oviedo con la cuñada de Franco, que entonces sólo tenía 19 años. Serrano se convirtió, desde entonces, en «el cuñadísimo», el hombre que jugaría el papel decisivo en la institucionalización del Estado franquista, desde su papel de puente entre el Ejército del 18 de julio y la Falange joseantoniana.
Su vida de 1936 a 1942 fue frenética como convulsos fueron aquellos años. Apresado en
julio de 1936 en la Cárcel Modelo de Madrid, logró evadirse y en marzo de 1937 se unió a las fuerzas sublevadas. Ministro del Interior en el Gobierno de Burgos, en agosto de 1939 fue nombrado presidente de la Junta Política de FET y de las JONS, cargo que simultaneó con los de ministro y consejero de Falange. Su momento álgido fue, sin duda, en tanto que ministro de Exteriores, la preparación y la asistencia a la entrevista de Franco con Hitleren Hendaya, así como su propia entrevista con Mussolini.
De la casi mítica entrevista de Hendaya Franco-Hitler, los historiadores, actualmente, dejan muy claro que no hubo diferencias entre la ideología del germanófilo Serrano y la estrategia de Franco y desde luego, tampoco es creíble el esfuerzo de los apologistas del régimen franquista en glosar la paciencia de los negociadores españoles frente a la impaciencia germánica.
No hubo ninguna habilidosa voluntad inhibicionista por parte del franquismo a la hora de no intervenir directamente en la guerra. Fue, más bien, el escepticismo alemán ante las capacidades militares españolas, y desde luego, las reticencias hacia las ambiciones imperialistas desbocadas de Franco y Serrano, lo que determinó la no entrada de España en la guerra mundial y la puramente simbólica iniciativa de la División Azul. Hitler, según Preston, siempre manifestó indignación por las deudas impagadas de Franco durante la guerra civil y desde luego Mussolini demostró con creces que no era el amigo desinteresado que Franco y Serrano creían.
Hoy sabemos que aquel miércoles 23 de octubre de 1940 Franco llegó a la estación de  Hendaya poco después de las tres de la tarde con ocho minutos de retraso, desde luego, contra su voluntad, no la hora larga que dijeron los alemanes haber sufrido de espera.
Hubo seis personas presentes en la entrevista: Hitler, Franco, Ribbentrop, Serrano y los dos intérpretes, Gross y el barón de las Torres.
La reunión comenzó a las tres y media y acabó a las seis y cinco de la tarde con un Hitlerirritado por el mal gusto de Franco al albergar dudas sobre la victoria alemana ante Inglaterra.
La entrevista fue un fracaso absoluto y la irritación final germana sólo puede ser comparable a la frustración española.
El protocolo que redactaron Serrano y Ribbentrop, a la postre, fue inútil. En cualquier caso, sean cualesquiera las razones de aquel fracaso, nunca la historia ha podido estar tan agradecida, con un final de la entrevista como aquél, lo que el inteligente Serrano Súñer subrayó más de una vez.
En 1942 Serrano fue sustituido en el Gobierno tras los incidentes entre falangistas y carlistas en el santuario de Begoña.
Tras su retirada de la política activa, ejerció un papel discreto e inteligentemente distante del franquismo, que se fue radicalizando desde su Entre Hendaya y Gibraltar (1947) a sus Memorias (1977).

De Serrano Súñer, de sus increíbles 102 años de vida nos quedarán tres lecciones.

Una, la corta vida de los apagafuegos de los dictadores. La cremación de Serrano en el altar de la fidelidad al primer Franco fue impresionante. Su tributo de lealtad al cuñado fue incuestionable. Su «dedicación fanática y ascética» (Preston) a la causa de Franco absoluta.
Franco le hizo durante la guerra civil domesticar a la Falange.
Después de la guerra Serrano Súñer tuvo que cargar con el peso de la lucha interna del poder entre el Ejército y la Falange.
Pararrayos indiscutible del régimen en su momento político más difícil,
Franco le utilizó como a tantos otros al servicio de su objetivo: su continuidad en el poder.

La segunda lección es la propia necesidad que todo régimen tiene, por pragmático que sea, de discurso ideológico legitimador. Serrano fue la ideología del régimen en su etapa «azul».
Albacea testamentario del fundador de la Falange y uno de los líderes de la CEDA durante la República, él puso la inteligencia para construir lo que se llamó el Estado Nacional-Sindicalista, con todas las limitaciones de las que tuvo que partir de entrada la construcción de la dictadura.

La tercera lecciónviene derivada de la fragilidad y de la soledad del propio poder, sobre todo, en años tan recios como los que le tocó vivir, a Serrano, en su momento dorado, muy pocos le quisieron.
Ni los militares que nunca se fiaron de él.
Ni los monárquicos que consideraron que su Estado era el mayor impedimento para
la restauración.
Ni los falangistas «camisas viejas» -pese a que salvó a algunos como Hedilla de la pena de muerte- por considerar que había desvirtuado el proyecto de la Falange auténtica.
Ni los alemanes porque lo consideraban «demasiado intrigante y vaticanista como para ser amigo fiel de Alemania».
Ni, por supuesto, los británicos y los franceses a los que él mismo no tenía ninguna simpatía.
Ni, por último, Franco que recurrió al anglófilo Jordana cuando consideró que la germanofilia ya no era políticamente útil.

Como dijo Von Sthorer, Serrano fue el hombre más poderoso del país pero también el más odiado. La venganza a su fugacidad política y a su forzado ostracismo, por su parte, ha venido de su portentosa biología.
Al final, Serrano ha sobrevivido a todos sus enemigos. De todos, ha podido entonar su
particular réquiem. Descanse, ahora, ya, en paz.

Gloriosa España plural



  Por Javier Tusell, historiador (EL PAIS, 19/01/04);
Existe toda una tradición en la cultura española que, por describirla en términos eruditos, corresponde a las “laudes Hispaniae”, es decir, a la exaltación de nuestras supuestas o reales maravillas. Hoy esta forma de ver el pasado más remoto y también el presente parece haberse instalado confortablemente en algunos de quienes escriben acerca de ambos.
(…)  Este mito consiste en afirmar que durante la transición “la gran perdedora fue la memoria”.
De acuerdo con esta interpretación, no se habría olvidado tanto la barbarie o la represión dictatorial, como se suele pensar en la izquierda, como la propia idea de España. Desde 1975 habría tenido lugar, al mismo tiempo, una sistemática “vindicación de lo primitivo” o un llamamiento a “las voces ancestrales de la tierra”, en definitiva, de la peculiaridad de las identidades en la España plural.

García de Gortázar, a quien pertenecen estos entrecomillados, juzga que España se ha sentido, incluso en la visión que de ella se ha ofrecido afuera por parte de nuestros intelectuales, a sí misma como una “nación avergonzada” de su propio pasado y “absurda y metafísicamente imposible”. Además, en lugar de que la memoria sirviera para conectar con tradiciones liberales, se ha utilizado para “satisfacer aspiraciones parecidas a las que tenían los carlistas hace siglo y medio”.
Creo que ese diagnóstico es incorrecto. La memoria ha jugado un papel positivo porque no sólo no se ha olvidado el pasado inmediato -aunque sin mucha colaboración de los sucesivos gobiernos-, sino porque también se ha reconstruido la conciencia de identidad plural de España.
Y eso ha servido para hacer posible uno de los mayores aciertos de la transición: convertir un Estado muy centralizado en otro muy descentralizado. Por supuesto, han existido exageraciones e invenciones de la realidad; de cualquier modo, si ha padecido la idea de España se debe mucho más a la espuria sobreutilización por parte de un régimen dictatorial que a la embestida de los nacionalismos. El Estado de las autonomías en su presente aceptado por todos en absoluto responde a las ancestrales ansias de los carlistas.

Lo que me parece más discutible, por fabulación alejada de la realidad histórica, es la consideración crítica que hace García de Gortázar de los nacionalismos, equivalente a una especie de enmienda a la totalidad.
Tomemos, por ejemplo, su interpretación del catalanismo.
Resultaría que, “dominados por un atroz pesimismo… los intelectuales de Cataluña se refugiaron en una imagen romántica de la Cataluña medieval”.
Las raíces del catalanismo serían siempre contrapuestas a las ideas republicanas y liberales. La burguesía catalana, “católica hasta las entrañas y ferozmente proteccionista, fue culturalmente muy poco avanzada, socialmente muy refractaria a cualquier reformismo y políticamente muy conservadora”.
En definitiva, el catalanismo habría sido el resultado de la protesta irritada frente a un Estado incompetente que habría privado a Cataluña del mercado colonial cubano, que era en la práctica suyo.

Creo ser objetivo en la interpretación y me parece que estas frases ni tienen nada que ver con lo que desde los años sesenta se ha escrito por los historiadores ni resumen una interpretación correcta.
El catalanismo fue plural, en lo ideológico, desde el principio y nació a la vez de una modernización social y el mismo se modernizó con el paso del tiempo. Logró la independencia electoral respecto de Madrid en 1907, acontecimiento inédito en la Historia española.
Hubo intereses económicos en su origen, pero también, y sobre todo, fue expresión de un fenómeno de autoconciencia colectiva. Todavía más: quiso ofrecer a España un camino de modernización, abrió paso a las primeras instituciones autónomas que en ella hubo y supo, aun en su versión de derechas, ofrecer una posición centrista, muy lejos de un conservadurismo español al que si algo caracterizaba era su feroz unitarismo. Catalanismo y eclosión modernista cultural y artística fueron realidades paralelas. Todo lo que antecede me parece información histórica contrastada, evidente,poco discutible. Hoy la derecha en los medios de comunicación lo combate con tanta asiduidad como ignorancia.

¿Por qué afirmaciones como las de García de Gortázar merecen ser debatidas? No se trata sólo del catalanismo: cualquier afirmación de identidad plural parece, en su libro, sometida a un severo correctivo de parecidas características. Se trata de algo parecido a lo que, en el periodismo, otros hacen a base de ridiculizar declaraciones de Arana, Infante, Pompeu Gener o Castelao para condenar el sentimiento de identidad cuando cabe encontrar frases tan discutibles en personas como Cánovas del Castillo o Pablo Iglesias,por citar tan sólo dos ejemplos. Y también hay que recordar que además de Arana, por quedarse en el caso vasco, hubo también líderes como De la Sota, Aguirre o Ajuriaguerra.

En mi opinión, este tipo de interpretación no es sólo inaceptable desde el punto de vista histórico, sino dañina desde la óptica del presente. Pretender que los testimonios de pluralidad española responden a casos de desvarío o de intereses espurios equivale a considerar que una parte de los españoles -esos que se sienten tanto o más de su propia identidad que de aquélla- son los representantes actuales de una tradición nacida de manías, de concepciones de un rudo primitivismo o de insolidaridad comprobada. Pero,además, a lo que se daña a través de esa concepción es a la propia España, no sólo porque uno de sus rasgos distintivos es la pluralidad, sino porque, por ejemplo, al menos buena parte de lo que significó el catalanismo inicial puede y debe situarse en el balance global positivo de los españoles como colectividad.

Las “laudes Hispaniae” es probable que tengan sentido siempre que se moderen y se traduzcan en comparaciones justas. Por citar un caso de Historia reciente: la transición española tuvo su mérito, pero la polaca, en sus protagonistas y en sus dificultades internas y externas, lo tuvo mayor. De cualquier manera, su uso en beneficio de una situación política concreta no tiene sentido. Pero aún más grave que eso es emitirlas en contra de su realidad más esencial.
En España casi la mitad de la población tiene otra lengua oficial distinta del castellano. Hay legislaciones fiscales -no sólo en Navarra o el País Vasco- peculiares y también derecho privado distinto. Dos de sus comunidades son sendos archipiélagos en que la diferencia nacida de esta condición se suma a la existente entre las diversas islas.
Todo esto -y muchas más cosas- forma parte de nuestro ser y, por tanto, de nuestra realidad institucional en libertad. Lo extraño en una realidad como la española es que no existieran los nacionalismos o regionalismos.
Deben ser conocidos correctamente y también queridos por todos. No tiene sentido tratar de socavarlos por el procedimiento de quitarles cualquier legitimidad histórica, lo que equivale, de paso, a destruir la posición política que puedan tener en cualquier determinado momento.

Haciéndolo no se contribuye a hacer una España grande, sino que más bien se la empequeñece porque se la ignora de forma rotunda, empecinada y arbitraria. Es cierto que en los nacionalismos hay siempre una propensión a la demanda inextinguible. Pero no está menos comprobado que forman muy mayoritariamente parte de la tradición democrática española y que, con todas las dificultades que se quiera, nuestra Historia en libertad ha sido la de unos pactos de entendimiento que han funcionado satisfactoriamente. Se podrá tener todos los reparos que se quiera a planes actuales del PNV o de otro grupo nacionalista, pero la visión que aparece tras de las concepciones descritas es simplificadora, poco informada e incluso un pelín hortera. Y, además, sirve poco para entenderse; no alimenta entusiasmos españoles, sino rechazos desde la periferia.

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Le responde Fernando García de Cortázar, catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Deusto (EL PAÍS, 31/01/04):

La Historia tal como nos la contaron


Cita y recoge un manual escolar de Vicens Vives un texto de Andrés Bernáldez de su «Historia de los Reyes Católicos don Fernando y doña Isabel» escrita por el bachiller en el que se afirma que «Reinó esta muy noble y muy bienaventurada reina con el rey don Fernando su marido en Castilla veintinueve años y diez meses.
En el cual tiempo fue en España la mayor empinación, triunfo y honra y prosperidad que nunca España tuvo después de convertida a la fe católica. La cual prosperidad alcanzó por el precioso matrimonio del rey don Fernando y de la reina doña Isabel, por el cual se juntaron tanta multitud de reinos y de señoríos, como dice el dicho título, los que trajeron al matrimonio y los que ellos ganaron, mediante Dios que siempre los ayudó. Y así fueron infinitamente poderosos y floreció por ellos España infinitamente en su tiempo, y fue en mucha paz y concordia y justicia. Y ellos fueron los más altos y más poderosos que nunca en ellos fueron reyes».
 
Afirmando seguidamente junto a dicho texto el mismo manual de Vicens Vives que «Los Reyes Católicos Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón formaban, por la apariencia, una pareja desigual; el era más bien bajo y robusto; ella era muy religiosa, tenaz y decidida.
El título de Reyes Católicos se lo concedió el Papa Alejandro VI, cuando les encomendó la evangelización de las nuevas tierras que acababa de descubrir Cristóbal Colón».
 
Un manual de SM incluye dos textos de Hernando del Pulgar en el que se asevera que «D. Fernando tenía una gracia tan singular, que cualquiera que con él hablase, luego lo amaba y lo deseaba y lo deseaba servir, porque tenía la comunicación amigable. Era asimismo inclinado al consejo, en especial de su mujer, porque conocía su gran suficiencia. Era hombre de fiar en sus tratos, aunque las necesidades grandes en que lo pusieran las circunstancias, lo hacían algunas veces variar» y que «Isabel amaba mucho a su marido, y cuidábale fuera de toda medida.
Era muy aguda y discreta, se dio al trabajo de aprender las letras latinas, y alcanzó en tiempo de un año saber de ellas tanto, que entendía cualquier habla y escritura latina.
Era muy inclinada a tener justicia, tanto que le era imputado seguir más la línea de rigor que de la piedad. Era católica, devota y mujer de gran corazón».
 
Un manual de H.S.R. asevera que «reunidos en los Reyes Católicos los reinos de
Castilla y Aragón, podía surgir la discordia al pretender Fernando gobernar sólo en Castilla alegando la legislación aragonesa que excluía del trono a las mujeres.
Por eso, la participación que en el gobierno había de corresponder a cada uno de los esposos, fue regulada en la Concordia de Segovia, por la que se convino que:
¬la justicia se administraría en común por Doña Isabel y Don Fernando cuando estuviesen juntos, e idependientemente cuando se hallaran separados.
¬las cartas y reales provisionales habían de llevar las firmas de ambos, y las monedas, sus bustos.
¬se pondrían unidas las armas de Castilla y las de Aragón.
Símbolo del pacto fue el lema Tanto monta, monta tanto, Isabel como Fernando, unido al yugo y al haz de flechas, que significan: la unión hace la fuerza.
Con eso no se produjo ninguna alteración sustancial en el estado político particular de Castilla y de Aragón.
 
Los Reyes Católicos: organización del Estado
Un manual de Anaya afirma que «Dentro de cada Corona (que permanecen separadas), los Reyes Católicos se procurarán de la unidad de todas las fuerzas políticas, sociales, religiosas y económicas al servicio del Estado y la monarquía. Es el nuevo concepto renacentista del Estado nacional.
La unidad social. Se conseguirá sometiendo a la nobleza al servicio de la corona.
Estableciendo funcionarios reales en cada Ayuntamiento (los corregidores) y dando libertad a los siervos y campesinos que, arrancados del dominio jurídico de la nobleza, se unirán a los reyes. Al propio tiempo, una serie de guerras y conquistas dan un contenido nacional a la Corona española.
 
La unidad política. Será forjada sometiendo a las poderosas Órdenes Militares; creando la Santa Hermandad, milicia voluntaria que vigila pueblos y caminos, y creando los Consejos (el de Hacienda, el de Indias, el de Castilla, el de Aragón) base de la organización del Estado, con una poderosa burocracia.

Desde el punto de vista jurídico, se establecen unos Tribunales Supremos (las Chancillerías) para impartir justicia, además de diversas Audiencias.
 
La unidad económica. Se logrará protegiendo a la industria, sobre todo la textil, a la Mesta, poderosa asociación de ganaderos, base de la exportación de lana, y favoreciendo las ferias, la construcción de barcos y el mercado exterior.
 
La Iglesia. Se verá igualmente protegida con la creación del Tribunal de la Santa Inquisición que persigue a los falsos católicos, y con la expulsión de los judíos (en 1492) para lograr la unificación religiosa.

Hay también una protección clara a la cultura (se imprime en Valencia el primer libro español) y el arte.
 
La unidad del Estado. Junto a ello, los reyes finalizan la reconquista de la corona con la toma de Granada en 1492, con la posesión de las Canarias, a finales de siglo, y con la anexión de Navarra, en 1512. Aragón y Castilla, por otro lado, viven una época de hermandad y de unión social en torno a Isabel y Fernando.

Muerte de la Reina Isabel
Afirma un manual de Sánchez Rodrigo que «cuando Isabel la católica murió en el castillo de la Mota (Medina del Campo), en el año 1504, dejó un testamento lleno de sabiduría política y de amor y respeto hacia sus vasallos. Como herdera de la corona de Castilla dejó a su hija doña Juana, llamada la Loca debido a su incapacidad mental, y encargaba como regente a su marido, don Fernando, hasta que su nieto Carlos, hijo de Juana y de Felipe el Hermoso, cumpliera los veinte años.
 
Así han reflejado los manuales de Ciencias Sociales la figura de «la muy noble y muy buenaventurada» reina doña Isabel de Castilla y del reinado de los Reyes Católicos durante 27 años.

Ahora sólo cabe preguntarnos: ¿cuántos alumnos y alumnas de la época se
se acuerdan hoy de lo estudiado o han profundizado personalmente o en posteriores estudios sobre la figura de tan singular reina?
En todo caso, hemos de aplaudir el Cielo de Conferencias sobre la figura de Isabel la Católica y su época, organizado por la Fundación Marcelino Botín en los próximos meses de abril y mayo de 2004 con motivo del citado V Centenario, en la que se analizarán diversos temas de gran interés como son «Los Reyes Católicos y la leyenda de la Edad de Oro en España», «Judíos y judeoconversos en la época de los Reyes Católicos»; «Napoles
y Sicilia en la época del Renacimiento»; «Cultura del Renacimiento en España»; «Los Reyes Católicos, América y el dominio del mundo» y «El gobierno de la doble Monarquía».
Una manera más de revisar nuestra historia, de la que un gran número de españoles tienen conocimiento a partir del primer sustrato histórico de lo aprendido en la Enseñanza General Básica
La Razón digit@l - Opinión - Tribuna Libre

El límite de la dignidad



ABC | José Utrera Molina
Aunque nuestras almas están ya bien saturadas de lo que podíamos denominar sorpresa y asombro, no lo están tanto como para admitir sin protesta alguna hechos que producen una honda herida en la memoria de muchos españoles que aún viven y recuerdan en su frágil memoria hechos calificados de deleznables. Me refiero a la decisión de dedicar a quien fuera secretario general de Partido Comunista de España, Santiago Carrillo, una calle o espacio público en la capital, decisión que se adoptó por mayoría en el Ayuntamiento de Madrid, merced a la abstención del Grupo Popular.

Nadie en la historiografía contemporánea ha logrado desmentir a estas alturas la responsabilidad de quien presidía la Consejería de Orden Público de la Junta de Defensa de Madrid en los tremendos fusilamientos de Torrejón de Ardoz y Paracuellos del Jarama donde fueron masacrados miles de españoles, muchos menores de edad, por el solo hecho de su credo o condición. Tampoco su responsabilidad, como ejecutor de las órdenes de Stalin, en la eliminación de muchos de sus camaradas en la posguerra. Se trata ya una verdad comprobada, algo que nos sacude el corazón aunque sean ya muchísimos años los que han trascurrido desde aquella tragedia y ha dejado de ser, afortunadamente, actualidad.

Puedo entender y no censuro el proceder de quienes han propuesto la concesión de tal dignidad desde los partidos en los que militó quien murió orgulloso de ser comunista. Pero la conducta de los responsables del Partido Popular que han tomado esta decisión —incluso contra la opinión de algunos de sus concejales— me resulta a mí como español, verdaderamente vergonzosa y creo tener la obligación moral de denunciarla. El Partido Popular está en su derecho de contribuir con su voto a que tal propuesta sea aceptada, pero no puede olvidar que hay muchos españoles que se sienten abochornados por una conducta tan cobarde de quienes habían recibido su representación mayoritaria. Muchos españoles estaríamos de acuerdo en que el rótulo de la calle que se piensa ofrecer a Santiago Carrillo tuviera esta connotación: «Calle de Santiago Carrillo, ejecutor de miles de españoles en Paracuellos del Jarama».

Mientras contemplamos cómo se alzan las estatuas de Azaña y Largo Caballero, adalid de la dictadura del proletariado y principal impulsor del asesinato de José Antonio en palabras de Indalecio Prieto y se derriban por el contrario todos los monumentos que hacen referencia a quienes combatieron al comunismo en nuestra contienda civil no podemos por menos que clamar contra lo que estimamos una injusticia histórica al dedicar una calle de Madrid a tan siniestro personaje. Que conste que no todos los españoles compartimos esta vergüenza ejecutada de manera poco sensible y olvidadiza por parte de la alcaldesa de Madrid.

Pienso que es hora de enterrar en nuestra memoria colectiva episodios tan siniestros y significativos, pero de ahí a enaltecer a quienes fueron sus autores hay todo un abismo. Porque hay una obligación moral de lealtad con la memoria de los que dieron su vida por una España mejor y que están allí enterrados, sin que sus cuerpos martirizados puedan alzarse ya como acusación a quien jamás se arrepintió de permitir y autorizar estos asesinatos. Si el autor de aquella matanza hubiera luchado a campo abierto con su fusil en mano para defender sus ideas y hubiese caído en el campo del honor, yo me descubriría con respeto y tal vez con el orgullo de hacerlo. Pero no es este el caso de quien planeó y dirigió la mayor masacre que se ha cometido en España sin arrepentirse jamás públicamente de ello y ahora aparece póstumamente glorificado a pesar de su cobardía. Hay un reclamo vital del olvido de estos acontecimientos que envilecieron el alma de España. Yo me afilio a los que pretenden no mostrarse ya partidarios de las dos Españas que se enfrentaron en nuestra guerra civil pero me niego en rotundo a olvidar el heroico sacrificio de quienes hace ahora 76 años, ofrecieron su vida por Dios y por España.

Que queden estas palabras escritas en una mañana de noviembre como testimonio de disconformidad y como limpia acusación de quienes han cometido esta desdichada e increíble decisión histórica.
José Utrera Molina, abogado

jueves, 15 de noviembre de 2012

Perversión de conceptos



ISABEL SAN SEBASTIÁN
La foto que retrata lo que pasó ayer en España es la de una perversión que debería avergonzarles.
ESTOS sindicatos, cuyos líderes cobran quince pagas, despiden a sus empleados con veinte días y se suben el sueldo mientras denuncian «recortes», han pervertido algunos conceptos esenciales en la definición del Estado democrático moderno. Han perpetrado esta perversión con la complicidad de los partidos de la izquierda, que se comportan de igual modo al traicionar el espíritu de la democracia parlamentaria llevando la huelga al Congreso de los Diputados o a la Cámara andaluza; es decir, sumándose al paro y abdicando así del deber de representar a sus votantes, que asumieron como algo irrenunciable al presentarse a las elecciones en unas listas cerradas. Y lo han hecho con total impunidad, porque se saben blindados en sus prebendas por ese sistema cuyos pilares golpean una y otra vez, mientras se desgañitan jurando que lo que quieren es salvarlo.

El primer concepto que han pervertido estos «hermanos de lucha» es el de la huelga misma; una forma de protesta que surgió como herramienta puesta a disposición de los trabajadores en caso de confrontación con los empresarios, y que ha derivado en arma política empleada indiscriminadamente para deslegitimar la acción del Gobierno por unos supuestos «interlocutores sociales» cuya representación apenas llega al quince por ciento del conjunto de la clase trabajadora y que viven de la subvención pública, no de las cuotas de sus afiliados como sería de justicia. Unos presuntos «interlocutores sociales» que pretenden conquistar a base de presión de la calle lo que sus partidos afines, PSOE e IU, han perdido por goleada en las urnas. Unos «interlocutores sociales» que prefieren la línea de actuación de sus homólogos griegos o chipriotas, cuya radicalidad sólo ha servido para empujar a sus respectivos países hacia el abismo, que la de los franceses o alemanes, mucho más responsables y eficaces.

El segundo concepto víctima de esta perversión del lenguaje es el del Estado del Bienestar; ése que dicen defender los mismos que agravan la crisis recurriendo como algo natural a estos gestos extremos, como una huelga general, extraordinariamente costosa para el conjunto de los ciudadanos. Ellos saben, o deberían saber, que todas las medidas de protección social recogidas en ese modelo dependen de la salud de las finanzas públicas, la cual a su vez está directamente ligada al número de personas activas que paguen impuestos y coticen. Saben, o deberían saber, que ese «bienestar» no puede comprarse a crédito indefinidamente, como se hizo durante los últimos años del Ejecutivo de Zapatero, porque llega un momento en el que quienes tienen que prestarnos el dinero se niegan a hacerlo o cobran por él intereses tan altos que resulta imposible asumirlos. Saben, en consecuencia, o deberían saber, que nada en esta vida es irreversible, salvo la muerte, y menos que nada las mejoras en los servicios alcanzadas a base de enorme esfuerzo y sacrificio por las generaciones que nos precedieron. De donde no hay no se puede sacar, lo que obliga a racionalizar prestaciones y ceñirlas a lo que es indispensable para proteger a los colectivos más vulnerables. Eso es «Estado del Bienestar» en este momento. Decir otra cosa es engañar a la gente, sembrar frustración entre una población muy castigada ya por los efectos de esta crisis devastadora y alimentar expectativas imposibles de satisfacer.

Es tiempo de hablar de esfuerzo; de obligaciones más que de derechos; de responsabilidad antes que de desahogos. Tiempo de dar ejemplo y arrimar el hombro. La foto que retrata lo que pasó ayer en España es la de una perversión que debería avergonzarles.

Huelga demediada.



IGNACIO CAMACHO
La curva de respaldo a las tres últimas huelgas revela el desgaste de un sindicalismo incapaz de revisar sus rutinas.

LO primero, un respeto desde la discrepancia para los millones de españoles que ayer hicieron huelga sin molestar a nadie. Su sereno anonimato los vuelve invisibles para unos medios de comunicación que necesitan la fotogenia de los incidentes para eludir la monotonía de las cifras rasas. Pero más allá del rancio vestigio premoderno de los piquetes o de la alborotada exaltación de los radicales encapuchados, más allá de los contenedores volcados o la inaceptable coacción a las puertas de los comercios, hubo mucha gente que renunció a un pellizco de su salario para no ir a trabajar en uso de su libérrimo albedrío y merece una consideración honorable. No fueron tantos como a ellos mismos les hubiese gustado ni tan pocos como para ningunear su silenciosa protesta.

Lo segundo, el balance. Los propios convocantes han admitido que el seguimiento fue menor que el de marzo, cuando los recortes aún eran incipientes. Eso significa, descontado el habitual voluntarismo triunfalista, una huelga de intensidad media-baja. Fracaso relativo, pues, fracaso matizado, pero fracaso. Paró sobre todo la industria y parte del transporte, y hubo incidencia desigual en la Administración pública. Es decir, los sectores de mayor influencia de unos sindicatos envejecidos -su militancia tiene una media superior a los 45 años- y funcionarizados. El comercio, la restauración y los servicios vivieron una normalidad sólo interrumpida por la esporádica presión piquetera. El tráfico fue intenso, las rutinas urbanas apenas se trastornaron y el consumo de energía descendió de manera poco apreciable. La curva de respaldo a las tres últimas huelgas generales, y su cuestionable utilidad para lograr objetivos, revela el desgaste manifiesto de un sindicalismo que debería replantearse su apego ritual a esta clase de llamamientos que utilizan como gimnasia para desentumecer su anquilosada musculatura social.

Y lo tercero, la reflexión. La movilización de censura al ajuste fue más intensa en las manifestaciones de la tarde que en la respuesta al paro completo, aunque también es más fácil llenar las calles céntricas de una ciudad que vaciar los centros de trabajo de un país. Las marchas multitudinarias permitieron a los sindicatos maquillar la evidencia de un poder de convocatoria erosionado para abordar compromisos de gran escala. El malestar ciudadano es obvio pero la mayoría de la gente lo expresa con un sentido de la responsabilidad bastante ponderado. Cualquier dirigente con cierto sentido estratégico entendería el mensaje y trataría de ajustar los cauces de protesta a la medida del caudal de participación.

Porque si al final se han agarrado a las masas de manifestantes vespertinos para tratar de equilibrar mal que bien la pobre cuenta de resultados de la huelga… ¿para qué demonios era necesario menguar desde primera hora la productividad cotidiana de un país estrangulado?

Nos dejan sin futuro...



La regeneración de los sindicatos, con un cambio sustancial de su oferta a la sociedad y la clase trabajadora, y su adaptación a la modernidad son una de las tareas pendientes de la democracia española.
Porque si las cifras de su capacidad de movilización para la huelga son malas, peor son aún sus números en el día a día.
Solo el 16,4% (unos tres millones) de los ocupados están afiliados a algún sindicato, según cifras oficiales.
Únicamente Estonia, Francia y Letonia registran tasas más bajas (por debajo del 10%), mientras que Suecia, Dinamarca y Finlandia encabezan la clasificación con cifras cercanas al 70%, según datos de la Comisión Europea.
Y en tiempos de crisis, y vistas las soluciones que aportan, van a peor. Desde finales de 2007 a 2010, últimos datos disponibles, los sindicatos han perdido casi 220.000 afiliados. El respaldo de los trabajadores cada vez es menor, y su fututo más incierto, si tenemos en cuenta que el perfil de afiliado en España es el de hombre de entre 45 y 54 años. Los jóvenes ya están en otra historia.

EN el caso concreto de los sindicatos españoles, la huelga general es un instrumento desproporcionado para la dimensión real de las organizaciones convocantes, CC.OO. y UGT, cuyo nivel de afiliación es el más bajo de la OCDE y cuya existencia es dependiente por completo de la financiación pública, no de las cuotas de sus afiliados.

Y ahora, ¿qué?



MANUEL MARTÍN FERRAND, ABC
Hace falta un rostro pétreo para, siendo diputado, sumarse a una huelga que protesta contra su propia obra de poder.

NUESTRA Administración, tan frondosa como pintoresca, nos obliga en ocasiones, para cobrar una pensión o para renovar un abono en la declinante Plaza de Toros de Madrid, a demostrar que no hemos muerto.
Es la Fe de Vida el documento adecuado para ello y, todos los días, varios miles de ciudadanos tienen que tramitarlo, entre burlones y ofendidos, para poder decir el clásico «aquí estoy yo» con la evidencia documental que requieren las oficinas públicas.
Los sindicatos, también para demostrar su existencia, se ven impulsados, de vez en cuando, a convocar una huelga general que acredite su musculatura. La convocada para ayer no merece el debate sobre su nivel de seguimiento.
Funcionó donde los piquetes «informativos» se expresaron, cachiporra en mano, prendiéndole fuego a neumáticos viejos y, como en las películas de sioux, haciendo señales de humo.
Con eso, y con una pertinaz presencia de sindicalistas notables en los medios audiovisuales, UGT, CC.OO. y la renqueante USO dejaron sentado que sus organizaciones tienen fuerza. Es más la inercia de la Historia que la fuerza del presente, pero resulta incuestionable su capacidad de convocatoria. Les costaría más acreditar su valor representativo.



Entre quienes siguieron la huelga producen especial inquietud los diputados del Congreso que se sumaron a ella, socialistas del PSC en buen número.
No contentos con haber sido promotores del problema protestan contra los efectos del zapaterismo nacional y del tripartito autonómico. Me dicen mis amigos psiquiatras, una de las pocas especialidades médicas de las que no soy paciente -todavía-, que la esquizofrenia tiene cura; pero hace falta un rostro pétreo, aún en caso de ataques agudos, para siendo diputado -¿eso es un trabajo?- sumarse a una huelga que protesta contra su propia obra de poder. Lo vio claro y lo expresó con brillantez Rosa Díez, la lideresa de UPyD, cuando además de valorar «el fracaso de la política» que constituye una convocatoria como la de ayer, afeó la conducta de sus compañeros en la Cámara por «aprovechar los escaños en que reside la soberanía nacional para convocar una huelga».
 
Sólo las manifestaciones callejeras que cerraron la absurda jornada de ayer tuvieron valor de testimonio. Y ahora, ¿qué? Una huelga general convertida en flor de un día es una burla a la idea y a la ciudadanía. Julián Besteiro, catedrático de Lógica y cabeza luminosa, fue a la cárcel por ser uno de los organizadores de la huelga de agosto de 1917. No hubiera entendido muy bien la «épica» del 14-N, la segunda huelga general del año contra un Gobierno que no lo ha cumplido todavía. Claro que UGT contaba entonces con más meninges y menos empleos que hoy. Entonces la huelga sirvió de cimiento para «el trienio bolchevique» y ahora, insisto, ¿qué?

Gracias al Tribunal Constitucional, el poder político tiene el derecho a derogar a voluntad artículos de la Constitución".



Editorial del programa Sin Complejos del sábado 10/11/2012
Como la actualidad no hace sino acelerarse, con un panorama lleno de noticias a cual peor, ha pasado casi sin pena ni gloria la aberrante sentencia del Tribunal Constitucional sobre los matrimonios homosexuales, declarando conforme a la Constitución lo que a todas luces no lo es.
No voy a entrar en si el matrimonio homosexual debería ser legal o no. Al final, es la sociedad la que debe, con su voto, decidir ese tipo de cuestiones.
Lo que me escandaliza es, precisamente, que la sociedad ya decidió al respecto en su día, aprobando una Constitución que establece que el matrimonio es la unión de un hombre y una mujer. Y ahora el Tribunal Constitucional, ese órgano al servicio de la clase política, se descuelga aprobando lo que la sociedad no aprobó, con el argumento (por lo que se ha filtrado del espíritu de la sentencia) de que la sociedad ha terminado por considerar normales las uniones del mismo sexo, de que ese artículo de la Constitución ha quedado obsoleto y de que la Constitución debe ser interpretada de manera "evolutiva". No se pueden acumular más falacias en menos espacio.

Vayamos por partes. Dice el Tribunal Constitucional que la sociedad ha terminado por considerar normales las uniones del mismo sexo. ¿Y cómo ha llegado a determinar eso el Tribunal Constitucional? ¿Han preguntado los magistrados a su vecino del quinto? ¿Han ido inquiriendo por la calle, para ver qué opinan los transeúntes o los que esperan en las paradas de autobús? ¿Han encargado alguna encuesta o utilizado las que realiza el CIS? ¿Cómo saben lo que la sociedad quiere o considera normal?.
En una democracia, nadie tiene el título de intérprete de la sociedad, por la sencilla razón de que la sociedad no necesita intérpretes. La manera de saber lo que la sociedad opina sobre el tema del matrimonio homosexual, o sobre cualquier otro, es preguntándola, mediante el oportuno referéndum. ¿Pero quién se cree el Tribunal Constitucional que es, para hablar en nombre de toda la sociedad?.

En segundo lugar, el respeto a la Ley exige el respeto al espíritu de la Ley, pero también a su letra. Cuando un artículo legal es ambiguo, los jueces tienen la potestad de interpretarlo, por supuesto, pero lo que no puede un juez es saltarse la letra de la Ley cuando esa letra es clara. Por tanto, cuando el Tribunal Constitucional dice que quiere interpretar la Constitución en sentido evolutivo, podrá hacerlo siempre y cuando haya algo interpretable, dudoso o ambiguo. Pero el derecho a "interpretar la Ley" no puede autorizar nunca el ir frontalmente contra lo que la letra de la Ley marca. Y la Constitución es clarísima en el caso del matrimonio, al definirlo como la unión de un hombre y una mujer.

En tercer lugar, el Tribunal Constitucional puede, con todo el derecho, considerar que un artículo de la Constitución ha quedado obsoleto. Pero, si lo cree así, lo que tendrá que hacer es instar a que se modifique ese artículo siguiendo los cauces legalmente establecidos en la propia Constitución. Lo que no puede, en ninguna circunstancia es, por sus santas narices, considerarlo derogado sin más.
En resumen: la clase política, a través del Tribunal Constitucional, ha procedido a modificar un artículo de la Constitución sin seguir los mecanismos de reforma constitucional legalmente previstos. Mecanismos que, entre otras cosas, exigen que al final sea el pueblo español, en referéndum, el que ratifique la reforma.

Si alguien piensa que la sociedad ha evolucionado y considera el matrimonio homosexual como algo normal, si alguien cree que la Constitución debe evolucionar, si alguien está convencido de que un artículo de la Constitución ha quedado obsoleto... lo que tiene que hacer es iniciar los mecanismos de reforma constitucional oportunos, para terminar dando al pueblo español la palabra, y que sea ese pueblo, en el que radica la soberanía, el que modifique ese artículo y autorice los matrimonios entre personas del mismo sexo. Nada habría que objetar entonces.
Pero lo que ha hecho el Tribunal Constitucional es usurpar la voluntad soberana del pueblo español y modificar la Constitución por la vía de los hechos consumados, sin consulta al pueblo.
O sea, que la sentencia sobre el matrimonio homosexual es un auténtico golpe de estado constitucional. Y lo malo es que, si no alzamos la voz para denunciarlo, la puerta que se abre es peligrosísima: si el Tribunal Constitucional se considera con derecho a derogar a placer artículos de la Constitución - en nombre de la sociedad, pero sin consultarla - mañana podría descolgarse violando directamente cualquier otro artículo de la Constitución que a la clase política le interese. ¿Qué impide al Tribunal Constitucional a partir de hoy, por ejemplo, decir que la indivisibilidad de la nación debe ser interpretada evolutivamente de acuerdo con las tendencias sociales, y declarar legal un referéndum de secesión?.
Si la letra de la Ley no vale nada, entonces todo es interpretable de acuerdo con la voluntad política del momento y da igual tener Constitución que no tenerla. Lo cual es, por supuesto, la perfecta definición de tiranía.
Porque lo que diferencia a la democracia de la tiranía no es la existencia de leyes: también hay leyes en las dictaduras. La diferencia entre democracia y tiranía es que, en una democracia, la voluntad política está supeditada a la Ley y no a la inversa.

Así que, gracias al Tribunal Constitucional, que acaba de considerar que el poder político tiene el derecho a derogar a voluntad artículos de la Constitución, hoy somos todos un poco menos libres y más siervos. Incluidos los homosexuales.